ÚLTIMAS REFLEXIONES

ÚLTIMAS REFLEXIONES

DE DODIM A AGAPÉ

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viernes, 30 de junio de 2017

RECONOZCO MIS PECADOS

(Mt 8,1-4)
Persigo al Señor y quiero seguirle, no porque sea bueno, sino porque necesito que Él me saque del fango que es mi vida; del fango de mis pecados y de la impotencia de mis debilidades. Porque, el mundo en el que vivo, no me limpia, sino me hunde más en mis miserias y pecados. Necesito dar riendas sueltas a ese amor que arde dentro de mí y que, encendiéndolo, experimento paz y felicidad.

Por eso, consciente de mis pecados corro al Señor para pedirle que me limpie. Creo profundamente que Tú, Señor, puedes limpiarme, y como ese leproso, acudo a Ti para pedírtelo. Pero antes, Señor, te llevo mis miserias y mis fracasos; mis pasiones y mis debilidades; mis pecados y mis errores. Esa es la basura de todo lo impuro que hay en mi vida, y que constituye mi lepra. Sí, Señor, yo también tengo lepra. Una lepra incurable sin tu Gracia. Una lepra con la que el mundo va minando, no sólo mi cuerpo, sino también mi alma. Una lepra a merced del Maligno, que me despedaza y me condena.

Señor, dame esa conciencia de pecado y de arrepentimiento, Porque sin ella, ¿a dónde voy? ¿Qué puedo esperar de este mundo perverso y mal intencionado que sólo quiere atrapar mi cuerpo y mi alma para condenarme. Un mundo regido por el príncipe del mal, que nos tienta y nos aplastas en nuestras debilidades. Mi vida no tiene sentido de otra forma sino en tu presencia.

Sería absurdo dejarnos someter por este mundo que sólo nos puede ofrecer miseria y perdición. Claro, las presentas bajo la falsa del espejismo tratando de seducirnos con luces y cantos de sirena, pero que luego, atrapados, saca a relucir su cara de perdición y de muerte.

Quiero, Señor, seguir tus pasos y, confiado en tu Amor y Misericordia, esperar que, cuando llegue el final, caer en tus Manos y quedar limpios para toda la eternidad.

jueves, 29 de junio de 2017

RESPUESTA

(Mt 16,13-19)
En el Evangelio de hoy, Jesús nos sale al paso de nuestras dudas y nos pide una respuesta. Una respuesta sobre Él. «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?». Y hay diversidad de opiniones, pues ellos responden «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas».

Pero a Jesús no le interesa tanto lo que dicen otros, sino lo que piensan sus amigos, y les pregunta de forma directa a ellos:  «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». También esa pregunta iba dirigida a ti y a mí. A cada uno de los hombres que le conocen, o, al menos, han sido bautizados. Y estamos obligados a dar una respuesta. Es verdad que Pedro fue impulsado por el Espíritu Santo, pues por él no podía responder. Y también nos ocurre lo mismo a nosotros. Hemos recibido el Espíritu Santo en nuestro Bautismo, y hemos quedado configurados como sacerdotes, profetas y reyes. ¿Qué pensamos del Señor Jesús?

¿Esa fe que confesamos va de acuerdo con la vida que vivimos? ¿Hay coherencia entre lo que decimos y vivimos? ¿Y pensamos como Pedro que Jesús es el Hijo de Dios Vivo? ¿Se nota en nuestras vidas? Sabemos que somos pecadores y débiles a la resistencia de nuestras pasiones y apetencias. Sometidos al pecado por nuestra naturaleza humana y sometidos a nuestras pasiones y debilidades. A la menor fatiga desfallecemos y pecamos. 

Pedro también marca esa referencia para nosotros en sus tres negaciones. Pero supo levantarse, y también se convierte en una referencia de arrepentimiento y de volver al camino y a la lucha. Abramos a la acción del Espíritu. Las Palabras de Jesús nos levantan el alma y nos llenan de esperanza y fortaleza: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».

miércoles, 28 de junio de 2017

RAÍZ Y PERSEVERANCIA

(Mt 7,15-20)
En el corazón se purifican las malas intenciones y se transforman en buenas. Lo importante es perseverar e insistir en dar buenos frutos. Frutos que, a veces, no son tan buenos como nos gustaría, pero que, con nuestro esfuerzo, tratamos de que sean los mejor posible. Y eso es lo que verdaderamente importa. Porque será la Gracia de nuestro Padre Dios la que los transformará en buenos frutos.

Del manzano no pueden salir peras, y, de la misma forma, de la mentira no puede salir verdad. O dicho de otra forma, el fruto de la mentira no puede contener al fruto de la verdad. Ambos son incompatibles. Y la realidad es que hay mucha mentira, que trata de suplantar a la verdad, falseándola y presentándola, adulterada y engañosa, como verdad. Una mentira que seduce y que se presenta como lo normal y frecuente y como camino hacia la felicidad.

Es la mala intención de, con medias verdades, iniciar el desgaste que nos conduce a la confusión y perdición. ¿Cuántas veces hemos experimentado esa oscuridad que nos desorienta y nos desanima? ¿Cuántas veces hemos querido abandonar y protestar, e incluso, rechazar el proyecto que Dios tiene para nosotros, porque no lo vemos ni estamos de acuerdo.

Todos hemos sufridos esas tentaciones y peligros, desde Abrahán hasta el mismo Jesús. El Maligno está pendiente de nuestras debilidades para vencernos. Nuestro Señor Jesús fue tentado en el desierto, y nos enseño el camino para vencerlas. En Él podemos superarlas. Ese es el camino, estar unido a Él y dejarnos cultivar nuestro corazón para que produzcamos frutos buenos. Porque del Amor que Jesús, el Señor, nos da y nos presenta de parte de su Padre, sólo pueden salir obras de amor y de misericordia.

Por lo tanto, hundamos nuestras raíces en el Corazón del Señor y dejemos que su Gracia la riegue profundamente, para que nuestros frutos sean origen y consecuencia de su Amor.

martes, 27 de junio de 2017

GUSTA EL CAMINO FÁCIL

¿A quién no le gusta el camino fácil y sin complicaciones? Supongo que a todos los hombres y mujeres del planeta. Es algo inherente a nuestra naturaleza humana. Buscamos la felicidad, y eso lleva implícito un deseo de comodidad, de estar a gusto con tus pensamientos e ideas y de no complicarte la vida. Para unos será de una forma, y para otros será de otra. Unos, más sencilla; otros, más compleja. Pero, el denominador común será siempre la búsqueda de la puerta ancha y espaciosa, que proporciona gusto y placer inmediato.

Debemos aislarnos de las cosas impuras y que nos pueden estropear espiritualmente.Las cosas sagradas son para aquellos que así las consideran y están en disposición de recibirlas. Y no deben ser expuestas a los que las rechazan y las desprecian o son indiferentes a ella. Sin embargo, nuestra actitud debe ser siempre correcta y dispuesta a ayudar y a no querer para los otros lo que no queremos para nosotros. Es la regla de oro, la del amor. Y la que un creyente y seguidor del Señor Jesús debe estar dispuesto a vivir y cumplir en su vida. A pesar de su dureza e incomprensión por nosotros. Porque, nuestro Padre Dios así nos perdona a nosotros a cada instante.

Ese es el camino, que se estrecha en la medida que nos exige renuncia, sacrificios, abnegación, esfuerzo, comprensión, escucha, paciencia, confianza, fe, servicio, entrega, disponibilidad y, sobre todo, amor. Amor que supone y predispone todo lo dicho anteriormente. Y eso no es fácil, ni tampoco posible hacerlo sin el concurso y la asistencia del Espíritu Santo. Le necesitamos imperiosamente para emprender ese camino de salvación que nos permita hacer posible entrar por la puerta estrecha.

Porque es esa puerta la que nos conduce y nos lleva a la salvación eterna. Una puerta exigente y difícil de pasar, pero una puerta que, en la medida que nos esforcemos y vayamos en compañía del Espíritu Santo, lograremos atravesar y superar.

lunes, 26 de junio de 2017

LA TENTACIÓN DE JUZGAR

(Mt 7,1-5)
Siempre estamos tentado a juzgar a los demás. Y pocas veces nos lo hacemos nosotros mismos. Reflexionar sobre nuestros actos nos vendría muy bien, y evitaríamos caer en la tentación de juzgar a los demás. Porque esa es la medida con la que seremos también juzgados nosotros.

Pensar que, tal y como yo juzgue, así también seré juzgado yo. Da escalofrío y ayuda a ser más tolerante y misericordioso. Porque, son Palabras de Jesús: Jesús dijo a sus discípulos: «No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis se os medirá. ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu ojo? ¿O cómo vas a decir a tu hermano: ‘Deja que te saque la brizna del ojo’, teniendo la viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu hermano».

No se trata de opiniones subjetivas o pareceres según lo interpretamos. Son Palabras del propio Jesús, que nos descubre nuestra misericordia y nos anima a aplicarla con respecto a los demás. Y es que nuestra misericordia está en estrecha relación con nuestro perdón. Y, ambos están contenidos en el amor. Porque quien no ama no puede ser misericordioso, y menos, perdonar.

Sucede que ves con claridad y prepotencia la brizna del ojo de tu prójimo, pero no adviertes la viga que tienes en el tuyo. Y esa ignorancia te empuja a atreverte a juzgar a los demás y a exigirle corrección sin ofrecerle el perdón y la misericordia. Sin embargo, lo pide y lo exiges para ti. Nos vendría bien recordar la parábola del rey que quiso ajustar cuentas con sus súbditos - Mt 18, 23-35 -, porque, muchas veces esgrimimos que estamos cansados de perdonar, pero no advertimos que Dios nos perdona todos los días.

Hagamos el esfuerzo de mantenernos pacientes y misericordiosos respecto a las situaciones y actitudes del prójimo, porque, antes de atrevernos a juzgar, pensemos que también nosotros seremos juzgados de nuestras faltas y pecados.

domingo, 25 de junio de 2017

LOS PELIGROS Y EL DEMONIO

(Mt 10,26-33)
Hay un enemigo más peligroso que los hombres, el diablo. Y es a ese al que hay realmente que temer, porque puede matar el cuerpo y el alma. Muchos creyentes pasan del diablo, o, al menos, no creen de forma seria. Lo identifican con el mal y las inclinaciones naturales del hombre por el pecado. Y no es así. En el los Evangelios, Jesús, hace referencia al diablo muchas veces.

El mismo Jesús es tentado en el desierto por el diablo, y también, en muchas ocasiones, Jesús, le expulsa de muchos poseídos. El diablo nos acecha y aprovecha los momentos más débiles de nuestra vida. Y, nosotros, tendremos que luchar, al lado del Señor, contra las seducciones y tentaciones del Maligno. Tal y como hizo Jesús.

Se nos garantiza el triunfo, pero no se nos evita la lucha y los sufrimientos. Así fue el camino de salvación que sufrió nuestro Señor. Su Pasión nos sirve de referencia. Los discípulos no son mejores que el Maestro, y tendremos que pasar nuestro propio calvario y cargar con nuestra propia cruz. Pero, injertados en el Señor, se nos garantiza el éxito y el triunfo.

No hay contradicción, pues nuestra vida no está en este mundo. Y, aunque nuestro cuerpo sufra y padezca, nuestra alma experimentará gozo y alegría. Así se entienden las persecuciones y el martirio de muchos cristianos en estos momentos. Así se entiende la firmeza de Asia Bibi, ante el martirio de su cuerpo y vida de este mundo, al no negar su fe.

Nuestra fortaleza y esperanza descansa en la confianza de que Dios está siempre a nuestro lado, y en el Espíritu Santo recibiremos la valentía, la fuerza, la voluntad y fortaleza necesaria para soportar toda adversidad, sufrimiento y martirio.

sábado, 24 de junio de 2017

LLENOS DEL ESPÍRITU SANTO


(Lc 1,57-66.80)
Irresistiblemente pensamos que el Espíritu Santo ha venido para otros. Otros personajes, como Juan el Bautista, por ejemplo, pero no para nosotros. Nosotros no tenemos que ver nada con el Espíritu Santo, pensamos, para ese tipo de misiones, y nos resignamos comodamente instalados en esos pensamientos sin preguntarnos nada más al respecto. Nos va muy bien así.

Pasamo de largo lo que Dios, nuestro Padre, nos dice en el -Ap 3, 20-. Nos llama a que abramos la puerta de nuestro corazón para entrar a cenar con nostros; para descubrirnos lo que quiere de nosotros; para transmitirnos su amor y donde nos quiere llevar; para darnos la alegría, el gozo, la felicidad y la Vida Eterna. Y nos ha dicho que, despues de su Ascensión al Padre, vendría el Espíritu Santo, el Paráclito, el Defensor, para auxiliarnos y darnos sus dones de fortaleza, de ciencia, de sabiduría, de inteligencia de entendimiento, de piedad y santo temor de Dios, con los que podemos superar todos los obstáculos, tentaciones y seducciones que el mundo nos tiende y nos tienta.

Por nuestro Bautismo hemos recibido al Espíritu Santo. Un bautismo de fuego y Espíritu, que nos hace hijos de Dios y nos abre las puertas del Cielo. Y en Él podemos emprender el camino con garantía de éxito. Y ese camino tendrá una meta. Una meta que implica una misión, porque todo camino tendrá un final. Y nuestro final es alcanzar la Vida Eterna prometida junto al Señor. Y ese camino tendrá una misión. Una misión a la que nos acompañará y dirigirá el Espíritu Santo.

Por lo tanto, debemos estar atento, como lo estuvo María, nuestra Madre y Madre de Dios. Atentos y disponibles a la acción del Espíritu Santo, para, preparados responder a su llamada . Tal fue la respuesta de María, como también la de su prima Isabel y su esposo Zacarías. Ellos fueron perseverantes y constantes en la oración y fidelidad al Señor. Ellos dejaron su esperanza abandonada en Dios. También, a nosotros no toca perseverar y creer en el Señor, llenándonos de paciencia y de esperanza.

Es posible que no comprendamos muchas cosas, ni que tampoco nos lo creamos, pero tangamos confianza en Dios. Lo ocurrido a Zacarías nos puede servir de ejemplo y ayuda para saber, también nosotros esperar.

viernes, 23 de junio de 2017

CUANTO TODO PARECE APLASTARNOS

(Mt 11,25-30)
Siempre he reaccionado, cuando todo amenaza aplastarme, abandonarme en el Señor. Porque, Él es el Señor, creador de todo lo visible e invisible, y dueño de todo. Él es el Principio y el Fin, el Alfa y Omega y en donde todo empieza y acaba. Así que, entregado a ese pensamiento y confiado en su Infinita Bondad y Misericordia, me entrego en sus Manos.

Sé que es fácil decirlo, y otra cosa muy diferente hacerlo. Sí, lo sé, pero hasta hoy he tratado de hacerlo así y en todos los contratiempos que he tenido, por la Gracia de Dios, he actuado así. Claro, siento miedo de no encontrar las fuerzas necesarias para confiar y entregarme en Él. Temo desesperarme y, por eso, necesito la oración para pedirle insistentemente que me fortalezca para, dejando todo lo demás, crea en Él.

Sí, Señor, quiero abrirte la puerta de mi corazón y dejarte entrar. Principalmente, porque creo en Ti, y porque sólo Tú respondes a mis interrogantes y a mis deseos de felicidad eterna. Sí, Señor, quiero sentarme a tu mesa y cenar contigo como me prometes -Ap 4, 20-. Sí, Señor, quiero descansar y, apartándome de tanto activismo, abandonarme en Ti abrazando tu yugo y aprendiendo a ser manso y humilde de corazón como eres Tú.

Porque la felicidad no está en la actividad y en el trabajo. Claro, son necesarios y a cada cual corresponderá su tarea y labor. Pero no todo consiste en eso, porque la frenética actividad nos puede engullir y amenazar destruyéndonos como personas en el más puro objeto humano. Busquemos el descanso y la vida dentro de la naturalidad y el amor. Porque sólo lo que se hace por amor tiene respuesta de eterna felicidad.

jueves, 22 de junio de 2017

NO ES CUESTIÓN DE PALABRERIO

(Mt 6,7-15)
No se trata de hablar mucho, sino de saber hablar. No es cuestión de muchas y rebuscadas palabras, sino de encontrar las precisas y necesarias para pedir lo que realmente se necesita para nuestro bien. Que no es otro sino el de alcanza la Misericordia de nuestro Padre Dios.

Pero, lo primero es reconocer y darnos cuenta que necesitamos relacionarnos con Dios. Y pedirle todo aquello que realmente necesitamos para llegar a vivir en y para Él. Es verdad, se cae de maduro, que Dios sabe lo que necesitamos. Él nos ha creado y no sería Dios si no conociese cada centímetro de nuestro cuerpo y alma. Lo sabe todo de todos nosotros. Pero, nos ha dado libertad y ha dejado que seamos nosotros  los que descubramos y reconozcamos lo que realmente necesitamos para alcanzar la Gloria de estar con Él en su Casa. Y, por supuesto, sabiéndolo, pedírselo.

Pero no debemos regodearnos en demasiadas y rebuscadas palabras. Simplemente relacionarnos con Él, tal y como lo hacemos con nuestros padres de la tierra. Con confianza, respeto y humildad, sabiendo que nos escucha y nos dará lo que necesitamos para cumplir y hacer lo que nos manda. Que es, precisamente, para nuestro bien y felicidad. Pero, sobre todo, perdonar como Él nos perdona.

Si nuestro Padre nos abre sus brazos y nos llama, esperando nuestra respuesta, a pesar de que no le respondemos. Ni siquiera le hacemos caso, o ponemos todo en cuestión y duda. Y Él aguarda con paciencia e infinita Misericordia, ¿cómo nosotros no vamos a hacer lo mismo? Y, no porque podamos, porque claro está que no podemos, sino porque contamos con Él y la asistencia del Espíritu Santo.

El Padre nuestro es la oración por excelencia que el Señor Jesús nos ha enseñado. Nos marca nuestra manera de relacionarnos con Dios, nuestro Padre, y, también, lo que debemos priorizar en nuestra vida y pedirle. Porque, verdad es que necesitamos de todo, tanto lo material como espiritual, pero, sobre todo eso, prima el amor y el perdón. Tal y como Él nos ha enseñado.

miércoles, 21 de junio de 2017

EL POR QUÉ DE NUESTRO ACTUAR

(Mt 6,1-6.16-18)

Sería bueno hacer una reflexión sobre nuestras actuaciones y sobre el motivo que las conduce y dirige. Porque, de tratarse de actuar para ser visto y llamar la atención, o, hacerlo desinteresadamente y sólo por servir por amor va una gran diferencia. Y es esa diferencia la que descubre la medida y el grado de nuestra fe.

El Evangelio de hoy nos habla de eso, y nos revela que de hacerlo, como en el primer caso arriba citado, la recompensa ya queda recibida. Tu éxito aquí abajo ya te compensa de alguna manera, así que, se supone por lógica y sentido común, que no debes esperar más. Esto queda muy bien explicado en las Palabras de Jesús: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará».

No busquemos, en definitiva, ser honrado por los hombres sino por Dios. Y Dios ve lo que haces y lo que se esconde dentro de tu corazón. Experimentamos nuestra pobreza cuando sentimos querer compartir nuestras buenas obras y proclamar a los cuatro viento lo bueno que somos. Necesitamos la acción del Espíritu Santo en nosotros para abajarnos y ser humildes. Darnos cuenta que toda sabiduría nos viene de Dios y que nosotros sólo somos sus instrumentos para ejecutarlas.

Lo mismo ocurre con respecto a la oración y al ayuno. No se trata de lucirnos ni de que vean que somos buenos cumplidores, sin que, simplemente, estamos dispuestos, a pesar de nuestra pobreza, limitaciones y pecados, a amar y a darnos gratuitamente por ayudar a los demás. Sobre todo a los enemigos.

martes, 20 de junio de 2017

EL AMOR ES INCONDICIONAL

(Mt 5,43-48)
El amor es incondicional, si no deja de ser amor. Te amo para que me ames. Eso es lo mismo que decir que mientras tú me ames, yo también te amo. Se descubre inmediatamente un egoísmo que condiciona el amor. Y eso no es amor. O si lo es, es un amor adulterado e imperfecto. Y no hay amor imperfecto. El amor tiene que ser perfecto, y esa perfección contiene dar la vida hasta la última gota de sangre.

Porque, ¿cómo nos ama Jesús? Y, ¿cómo nos dice y nos revela que nos ama su Padre Dios? Si Jesús nos amase condicionalmente no hubiesemos superado ni un mes. Nuestras imperfecciones, torpezas, egoísmos y pecados le hubiesen obligado a dejarnos. ¿Acaso se puede aguantar las tres negaciones de Pedro? ¿Y las persecuciones de Pablo? ¿Y las dudas de Tomás? ¿Y la traición de Judas? ¿Y la huida de casi todos a la hora de la Cruxificción?

¿Y nosotros? ¿Merecemos confianza y que nos esperen y nos den infinitas oportunidades? Pues si Jesús nos ama así y su Padre también, ¿cómo vamos a mar nosotros? Supongo, y está demasiado claro, que lo tendremos que hacer de la misma manera, incondicionalmente. Por eso, en el Evangelio de hoy, Jesús nos dice: En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo’. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial».

Supongo que todo queda muy claro. Ese debe ser nuestro camino y nuestra meta. Esforzarnos en amar a nuestros enemigos. Y, claro también, que no lo lograremos sin el concurso del Espíritu Santo. Será Él quien nos prepara y nos capacite para, transformando nuestros corazones, seamos capaces de amar incondicionalmente.

lunes, 19 de junio de 2017

ODIO + VENGANZA= VIOLENCIA

(Mt 5,38-42)
Cuando se cultiva el odio y la venganza, los frutos son la violencia y las luchas. Los enfrentamientos entre las personas no terminan con la venganza, sino que se vuelve a engendrar más y más hasta multiplicarse por generaciones. Sólo hay un remedio que cura y borra todo odio y venganza, y eso se llama amor. Por eso, por extraños y contradictorio que nos parezca, Jesús nos dice:
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: ‘Ojo por ojo y diente por diente’. Pues yo os digo: no resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra: al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto; y al que te obligue a andar una milla vete con él dos. A quien te pida da, y al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda».

Este es el criterio y la sustancia que distingue al cristiano y discípulo de Jesús. Porque, quien no le sigue se resiste al mal y se enfrenta a él. Sólo los que son capaces de perdonar y ofrecer la otra mejilla demuestran que sigue al Señor y creen en Él. El amor es la única arma que vence al odio, al egoísmo y al poder que impone la fuerza y sus ideas.

El mundo está sostenido en el amor, y, a pesar de tanto egoísmo y deseos de poder, hay un equilibrio, que sale del corazón del hombre, y que mantiene la esperanza de avanzar hacia un mundo mejor. Un mundo donde haya paz y justicia. Un mundo donde prevalezca la verdad y la solidaridad entre los hombres. Un mundo donde reina la justicia, la paz y el amor.

domingo, 18 de junio de 2017

JESÚS, PAN DE VIDA

(Jn 6,51-58)
El hombre necesita alimentarse. Su primera iniciativa es buscar la teta de su madre para mamar y alimentarse. Nadie le ha dicho nada, pero su instinto le lleva a pedirla con gritos. De la misma forma lo observamos en la naturaleza. El instinto animal despierta en él la búsqueda de la teta de la madre para saciar su alimento y sostener la vida. Otros, capacitados ya desde su nacimiento, buscan alimento o lo esperan de sus padres abriendo sus bocas a su presencia.

También el cristiano necesita alimentarse. Como hombre busca, al igual que los animales, el alimento material que lo sostenga. Pero, también necesita el alimento trascendente que le dé esperanza de vida eterna. Dentro de su corazón palpita un deseo, no sólo de felicidad, sino también de eternidad. Y sólo Jesucristo, nuestro Señor, responde a esas ansias de felicidad y eternidad. 

Pero, ¿dónde buscarlo y recabar ese alimento espiritual? Necesita la Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor sacramentalizado bajo las especies de pan y vino. Hoy, precisamente, es la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo. Y hoy celebramos ese Misterio de Amor por el que el Señor se ha quedado como alimento espiritual para fortalecernos y sostenernos en su camino: En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo». 

No podemos vivir la vida sin la presencia del Señor. Se hace imprescindible su presencia y su alimento. Nuestras ansias de felicidad y eternidad no responden a este mundo, porque en este mundo no podemos encontrarlas. Vivimos en un mundo caduco, donde todo está llamado a perecer. Sin embargo, dentro de nosotros hay una llamada a vivir, como ese instinto que, de muy temprano, nos impulsa a alimentarnos. Y esa Vida Eterna está en el Señor, que nos ha dejado su Cuerpo y su Sangre para alimento y fortaleza de nuestra alma.

sábado, 17 de junio de 2017

SIMPLEMENTE SÍ, O, SIMPLEMENTE NO

(Mt 5,33-37)
Cuando nuestra palabra se pone en duda, tratamos de poner a otros como testigos, y, en nombre de ellos, apoyar nuestra palabra. Algo así como si fuesen ellos los que certifican y dan valor a lo que decimos. ¿No vale entonces nuestra palabra? ¿En qué lugar nos ponen? ¿Acaso no decimos verdad que tenemos que recurrir a otros?

En el Evangelio de hoy, Jesús, nos dice: «Habéis oído también que se dijo a los antepasados: ‘No perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos’. Pues yo digo que no juréis en modo alguno: ni por el Cielo, porque es el trono de Dios, ni por la Tierra, porque es el escabel de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran rey. Ni tampoco jures por tu cabeza, porque ni a uno solo de tus cabellos puedes hacerlo blanco o negro. Sea vuestro lenguaje: ‘Sí, sí’; ‘no, no’: que lo que pasa de aquí viene del Maligno».

Basta nuestra simple y humilde palabra, porque la verdad prevalece y te da credibilidad. Más, si juras en falso, te condenará. Por eso, no debes poner a nadie por testigo de tu palabra. Y menos a Dios. Simplemente sí o, simplemente no, tal y como nos dice Jesús en este Evangelio de hoy. Con eso nos debe bastar.

He pensado muchas veces en eso, y, casualmente, el otro día tomaba conciencia de ello y daba gracia a Dios, porque todos se fían de mi palabra. Al menos los que me conocen, y los que no, en la medida que lo que digo guarda coherencia con lo que hago, también me dan su crédito. Es un gran tesoro gozar de la credibilidad de otros y saber que se fían de ti. 

Y me asombro, porque descubro que es un regalo del Señor, en el que me esfuerzo en poner toda mi confianza, y que premia tu sincero esfuerzo por decir y vivir en la verdad.

viernes, 16 de junio de 2017

MÁS ALLÁ DEL HECHO CONSUMADO

(Mt 5,27-32)
Está claro que no nos libra del pecado el hecho de no haberlo cometido. Es verdad, que no habiéndolo cometido queda en la sombra y oculto a los hombres, pero no a Dios. Por lo tanto, más allá de que se cometa el pecado o no, está la intención y voluntad de cometerlo. Y esa intención y voluntad confirman y dan carácter de haberse cometido.

Por lo tanto, no basta con reprimirse y abstenerse de cometer ese deseo de poseer sexualmente a una mujer, sino también de luchar contra el pensamiento de desearla y no dejarlo asentarse dentro de tu corazón. Es una lucha diaria y tentadora, pues las pasiones están dentro y, como fuego, excitan tu naturaleza masculina ante otra femenina. Y esa es la normalidad y lo natural, que no se hará pecado mientras tu lucha sea por no dejarla morar en tu corazón.

De ahí que Jesús nos dice hoy: «Habéis oído que se dijo: ‘No cometerás adulterio’. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Si, pues, tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna. Y si tu mano derecha te es ocasión de pecado, córtatela y arrójala de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo vaya a la gehenna». 

Supongo que todo queda muy claro y sobran comentarios. Lo mismo ocurre en el plano matrimonial. El amor no tiene tiempo, porque dura siempre. El amor no está en los sentimientos, porque no son sentimientos, ni afectos, ni caricias, ni pasión. El amor es buscar el bien y la libertad del otro. Y en este caso que nos ocupa, el matrimonio, el amor es el nexo que nos une y nos ayuda a soportarnos, a buscarnos en la verdad, bien y justicia. A dar frutos de vida y a acompañarlas en el amor.

Y todo lo que no sea así y sea con la intención de repudiar y separar, induce al adulterio. Esto dice el Señor: «‘El que repudie a su mujer, que le dé acta de divorcio’. Pues yo os digo: Todo el que repudia a su mujer, excepto el caso de fornicación, la hace ser adúltera; y el que se case con una repudiada, comete adulterio». 

jueves, 15 de junio de 2017

LA JUSTICIA RESIDE EN EL CORAZÓN

(Mt 5,20-26)
Interpretar la ley está escrita y su interpretación no deja claro que se haya hecho justicia. Porque la intención y la voluntad son las acciones que verdaderamente descubren al culpable. Alguien puede tener intención y voluntad de matar, pero por casualidad no mata. Posiblemente, la ley le absuelve si no puede demostrar que en lo más profundo de su corazón ardía ese deseo de matar.

El espíritu de la ley es más profundo y es él el que realmente nos juzga. La justicia de nuestro Señor Jesús va más lejos que la letra de la antigua Ley, porque ella reside en el corazón del hombre. Por lo tanto, no tiene la última palabra la letra, sino que es el espiritu de esa letra la que debe juzgar la intención del corazón del hombre. Por lo tanto, Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano "imbécil", será reo ante el Sanedrín; y el que le llame "renegado", será reo de la gehenna de fuego.

Convendremos en que hay muchas formas de matar. Y que matar no consiste simplemente en quitar la vida a otro, sino que hay otras formas en la que eres tú mismos quien te quitas la vida. Así, con tu pensamiento matas. Matas indirectamente la dignidad y la honra de otros, que le puede llevar a la muerte, y también te matas a ti mismo al utilizar esa arma venenosa de la palabra y el mal pensamiento.

Luego, la moraleja está bien clara, no trates de vivir en la Luz porque estarás mintiendo. Pues la Luz no conoce la tiniebla y estando en ella no se puede estar en tiniebla. Si vives en la Luz, irrevocablemente estáras a bien y en comunión con el otro. Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda. 

miércoles, 14 de junio de 2017

LA LEY CONTENIDA EN LOS MANDAMIENTOS

(Mt 5,17-19)
A través del camino de salvación, Dios va instruyendo a su pueblo y enseñándoles sus mandatos a través de los profetas y de la Ley entregada a Moisés en el Sinaí. Una Ley que, más tarde, el Hijo de Dios enviado a redimirnos nos la perfecciona y enseña mostrándonosla en el sermón de la montaña. Una ley que no se para en su palabra sino que llega al espíritu.

Y que nos la va revelando el Espíritu de Dios, que ha venido a acompañarnos tras la Ascensión del Señor. Él será el encargado de irnos mostrando y revelando todo lo que no hayamos entendido de lo que nos ha enseñado nuestro Señor Jesús: Juan 14:15-18 “Si me amáis, guardad mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce; pero vosotros lo conocéis, porque vive con vosotros y estará en vosotros.”

Por lo tanto, no estamos solos y vamos dirigidos por el Espíritu de la Verdad y del Amor. Él nos va asistiendo y dándonos sabiduría para estar en consonancia con la Ley y darle verdadero cumplimiento. Y también, fortaleciéndonos en voluntad y valentía para no dejarnos vencer por la apatía, el miedo, la comodidad y el pecado.

En este esfuerzo de cumplir con sus mandatos expresamos y manifestamos nuestro amor. Porque amar a Dios no son palabras sino obras. Obras que respaldan nuestras palabras. Juan nos lo dice en su 1ª Epístola: 5 La noticia que hemos oído de él y que nosotros les anunciamos, es esta: Dios es luz, y en él no hay tinieblas. 6 Si decimos que estamos en comunión con él y caminamos en las tinieblas, mentimos y no procedemos conforme a la verdad. 7 Pero si caminamos en la luz, como él mismo está en la luz, estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos purifica de todo pecado.

martes, 13 de junio de 2017

¿TU VIDA DA SENTIDO Y SABOR A LA VIDA?

(Mt 5,13-16)
Hay una pregunta imperiosa que inevitablemente tenemos que responder. Podemos esquivarla y pasar de ella de forma indiferente, pero aparecerá irremediablemente en cualquier momento de nuestra vida, porque está dentro de nosotros grabada a fuego. Eso sí, puede ocurrir que cuando aparezca sea tarde, o no tengamos fuerza ni tiempo para la reflexión y la respuesta.

Y la pregunta es: ¿Vamos a morir o hemos sido creados para vivir? ¿A ese respecto, ¿qué piensas tú? ¿No crees que es una enorme canallada estar en este mundo para morir? Quien nos creó no podrá querernos, porque nos ha destinado a la muerte. ¿Piensas tú así?

Quizás sea porque no conoces a Jesús, o porque no conoces a algún seguidor de Jesús. Porque Jesús nos vino a revelar que hemos sido creados por su Padre y nos quiere tanto que le ha enviado a Él para, entregado voluntariamente por amor, rescate nuestras vidas de la muerte y nos dé la Vida Eterna para la que estamos llamados. Y su Palabra está escrita en los Evangelios. En el de san Mateo, capítulos 5,6 y 7 está contenido la sustancia de todo su mensaje. Y hay más testimonios de otros evangelistas. 

Lo único que tienes que hacer es pararte y escuchar su Palabra, contenida en los Evangelios. Y buscar quien te la pueda explicar compartiéndola contigo. Explicarla injertado en el Espíritu Santo, que es quien nos guía, nos la explica y nos la va revelando y dando a entender Por eso, y ese es el sentido, el Evangelio de hoy, por ejemplo, nos habla de ser luz y sal para dar sentido y gusto a la vida. Porque no hemos sido creados para morir, sino para vivir eternamente.

Para eso vino Jesús y entregó su vida. Él ha muerto y ha Resucitado para que también nosotros muramos y resucitemos. Eso pasa por crucificar también nuestras vidas en el amor. Un amor que nos mueve y exige a compartir, a partirnos y a darnos a los demás. Y eso, experimentamos, que nos es, no ya difícil, sino imposible. Y es por lo que necesitamos al Espíritu Santo, para en Él superar y vencernos y dándonos a los demás alcanzar la felicidad y la Vida Eterna.

lunes, 12 de junio de 2017

CAMINO BIENAVENTURADO

(Mt 5,1-12)
Las bienaventuranzas marcan un camino de renuncias y servicios que hacen dichosos y bienaventurados a aquellos que se atreven a vivirlo y recorrerlo. Es una promesa de Jesús, que lo proclama y lo dice: En aquel tiempo, viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque...

Jesús nos marca un camino de amor, porque sólo aquellos que se atreven a amar como Él enseña y da testimonio, con su vida y obras, experimentarán esa dicha y bienaventuranza. Son los dichosos que saben que no depende de sus méritos ni de sus capacidades. Son los bienaventurados que han creído en su Palabra y la han hecho vida en sus vidas. Porque quien ama es capaz de renunciar y sacrificarse por el bien de los demás.

Parece contradictorio que quienes entregan su vida por el bien de los demás sean dichosos. Y sólo basta experimentarlo para descubrir que sólo el amor nos hace bienaventurados. No hay otra forma ni otro secreto. Simplemente, sólo el amor. Por otro lado, vivir en la Luz nos identifica con amar al otro, pues ese signo de amor nos anuncia y descubre que realmente amamos a Dios.

Seguir a Jesús es síntoma de caminar de caminar contra corriente, de ser perseguido, insultado y mal mirado. Y hasta de poner en peligro tu propia vida. Por lo tanto, el horizonte de seguir a Jesús no parece alentador ni prometedor. Es más, te llena la vida de sobre saltos y peligros; de sacrificios y privaciones; de renuncias y compromisos. Eso, es evidente, a nadie le gusta. Sin embargo, ocurre que, la Palabra de Dios, si la recibes y le das cobijo en tu corazón, te cambia, te fortaleza, te da paz y ánimo. Prende tu corazón y lo llena de gozo y alegría que experimentas que era eso lo que buscabas. Sólo que lo hacías por camino equivocado siguiendo tu razón.

Las bienaventuranzas son la regla de oro del camino. Del camino que te lleva a la Casa de Dios. De tal forma que, caminando y esforzándote en él, encontrarás la dicha de ser bienaventurados. Claro, hay muchos obstáculos, porque nuestra naturaleza está herida por el pecado y sometida, por la debilidad, al vicio, al mal, a la pasión y a la esclavitud de los egoísmos. Pero el peor de todos es querer recorrerlo tú sólo y siguiendo tu propia razón.

domingo, 11 de junio de 2017

EL AMOR DE DIOS

Jn 3, 16-18
Es impresionante y misterioso el Amor de Dios. No podemos comprender ese Amor. Pero, el hombre, terco como una mula, se empeña en querer comprender. Menos aún su existencia. "Tanto amó Dios al mundo que entregó su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan Vida Eterna"- Jn 3, 16 -.

Somos tan limitados que no advertimos nuestra pobreza de entendimiento con respecto a Dios. ¿Cómo pretendemos entenderle si no somos merecedores de todo lo que hemos recibido? La vida, nuestra propia vida y todo lo que tenemos le pertenece. Y encima tratamos de exigirle, porfiarle y hasta despreciarle. Sin lugar a duda, estamos ciegos y llenos de necedad e ignorancia. ¡Y nos creemos grandes!

La fe es la que nos salva, porque es la que nos mueve a seguir sus pasos y a acoger ese amor que Él nos regala. Un amor que es acogido en nuestro corazón en la medida que nos abrimos también al amor de los demás. Porque van unido, de tal forma que no podremos amar al Señor si permanecemos cerrados al amor a los demás.

Creer en Jesús es acoger esa clase de amor. Un Amor Trinitario, porque Dios es Trinidad. Y nuestra referencia son el Padre y el Hijo, que se aman profundamente hasta el punto de dar origen al Espíritu Santo, que mora y hace templo en nosotros. Y nos relaciona y nos hace uno como el Padre y el Hijo son uno.

Por lo tanto, nacidos del Padre e hijos adoptivos cohermanados en Jesús y guiados por el Espíritu Santo, encontraremos el Camino, la Verdad y la Vida para llegar a fundirnos eternamente con Dios, Uno y Trino.

sábado, 10 de junio de 2017

EN PROPORCIÓN A SU RIQUEZA

(Mc 12,38-44)
No todo vale ni todo se justifica. El esfuerzo, aun pequeño, tiene su valor en la medida y proporcionalidad a su poder y generosidad. Porque se es generoso en tanto y cuanto se da, no de lo que sobra, sino de lo que se tiene y se necesita. Porque, sólo así estás demostrando tu compromiso y tu interés.

Cuando das de lo que puedes prescindir y te sobra, no estás mostrando ni compromiso ni solidaridad. Estás, simplemente dando de lo que te sobra, y de forma indiferente. Porque, sólo das cuando eres capaz de partirte y entregarte. Tal y como hizo Jesús, nuestro Señor. Sólo así dejas sin palabras a otro que miran tus obras. Creo, por la Gracia de Espíritu Santo, que eso fue lo que aquella pobre viuda nos quiso decir con su generosidad y desprendimiento. Comprometió su vida y se partió en y para los demás. Trató de, aunque la distancia es insalvable, de imitar a nuestro Señor Jesús.

Y nuestro camino tiene que ser ascendente. Eso significa que no puede dejar de crecer. Pararse es retrocedes o quedarse en la mediocridad. Ni debo, ni tampoco soy nadie para juzgar a otros, pero no caminaremos si no crecemos en entrega, servicio y desprendimiento respecto a los demás. En eso, envidio, sanamente, a una persona, que conozco de cerca y profundamente, y me deja sin palabras a cada momento. Y es que, reza y reza, pero también se parte y reparte cada día renunciando a sí misma por servicio y entrega a los demás, incluyendo a sus enemigos. Ella encarna muy bien a esa pobre viuda de la que habla Jesús.

Es fácil caer en la tentación de gustarnos, y de que nos digan lisonjas y piropos. Y que nos tengan por buenas personas, piadosas e importantes. De nada nos vale si no somos capaces de dejar en la bandeja parte de nuestra vida, quedándonos sólo con lo que necesitamos para la nuestra. Es, por eso para lo que necesitamos rezar y para que el Espíritu Santo transforme nuestro corazón de piedra en uno suave, tierno, generoso, dócil y amoroso, según la Voluntad del Padre.

viernes, 9 de junio de 2017

EL MESÍAS ESPERADO, DE LA ESTIRPE DE DAVID

(Mc 12,35-37)
¡Bendito el Reino que viene, de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas! - Mc 10, 11 -. Jesús es el Mesías prometido que el pueblo esperaba. Por eso, en muchos momentos es aclamado como el Hijo de David, pues, el título “Hijo de David” aplicado a Jesucristo forma parte de la médula del Evangelio. En la Anunciación, la Virgen recibió este mensaje: «El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la estirpe de Jacob por siempre» (Lc 1,32-33) ( del Comentario: P. Josep LAPLANA OSB Monje de Montserrat (Montserrat, Barcelona, España).

Jesús, el Señor, deja todo aclarado ante las dudas que podía suscitar esa ascendencia de "Hijo de David" al citar el salmo 110, dándole la correcta explicación y el verdadero sentido de esa promesa mesiánica. «¿Cómo dicen los escribas que el Cristo es hijo de David? David mismo dijo, movido por el Espíritu Santo: ‘Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies’. El mismo David le llama Señor; ¿cómo entonces puede ser hijo suyo?».

Una cosa que nos anima y nos alienta es comprobar como todo lo profetizado en y para el Señor, en Él se cumple a su debido tiempo. Él es el enviado, el Señor, el que quita los pecados del mundo y nos hará libres para, liberados, valga la redundancia, de todo pecado, seamos salvo y llenos de su Gracia y acogidos en su Misericordia.

El Señor es nuestro Pastor y en Él nada nos falta. Sólo Él nos basta y en Él somos guiados hacia la morada plena y de vida eterna.

jueves, 8 de junio de 2017

JESUCRISTO SUMO Y ETERNO SACERDOTE

Mt 26, 36-42
Hoy celebramos el día donde exaltamos al Señor Jesús como sumo y eterno sacerdote. Para ello, escogemos dos pasajes del Evangelio - Lc 22, 14-20 - la santa cena, o - Mt 26, 36-42 - Getsemaní. Ambos presentan momentos del Señor entregado a la Voluntad del Padre, que no es otra sino dar la Vida por la redención y salvación de todos los hombres. Podemos reflexionar sobre ambos momentos, pero basta darnos cuenta que una es la actitud y la intención del Señor, liberarnos del pecado y, libres, vivir en la Palabra y Voluntad del Padre.

El espíritu es animoso, pero la carne es débil. Son palabras de Jesús en el Evangelio de Mateo. Y así es. Nos sentimos fuerte en el espíritu y cuando, unidos, compartimos, pero, experimentamos que en muchos momentos de soledad o en otros ambientes, la carne es tentada y, a pesar de su resistencia y lucha, es atraída irresistiblemente a la tentación y al pecado.

El Señor nos invita y anima a permanecer despiertos y a rezar para no caer en la tentación. Sabe de nuestras debilidades, y también nosotros lo sabemos. Necesitamos estar en contactos, en compartir, en apoyarnos y animarnos mutuamente. En este sentido nuestras reflexiones y comentarios nos sustentan y nos elevan el Espíritu. Quizás quieran aislarnos y separarnos. Saben que somos débiles y que aislados estamos más propensos a caer, a alejarnos y a pensar como otros quieren hacernos pensar. Pero, juntos e injertados en el Señor seremos invencibles.

Jesús pasó por eso y su actitud y fortaleza en el Espíritu Santo fue ejemplar y testimonio para todos nosotros. Estos dos momentos evangélicos marcan nuestro camino y forma de actuar. En el Espíritu Santo, que está con nosotros, somos fuertes y vencemos. Y, aunque experimentamos que nuestra voluntad puede ser otra, la importante y la que debemos seguir es la del Padre. Tal y como nos enseñó Jesús y nos lo demostró dando su propia Vida.

miércoles, 7 de junio de 2017

SIGUIENDO NUESTRA RAZÓN NOS PERDEMOS

(Mc 12,18-27´
El problema se esconde en nuestra razón. Queremos entender lo que no se nos ha dado para entender. Nuestra capacidad es limitada y no alcanza comprender el Misterio de Dios y su Poder. Claro, según nuestra razón se origina un problema con eso de la sucesión según la Ley de Moisés. ¿Con quién va a vivir esa mujer casada siete veces? Igual podíamos decir de otras viudas en nuestra misma época.

Unos le daremos una respuesta, y otros, otras. Cada cual tratará de responder según entienda y le parezca. Pero, el resultado es que nadie sabe ni tiene respuesta. Porque las cosas en el otro mundo no responden a los mismos criterios que éste. Son de otra forma y superan nuestra inteligencia. Nos lo dice el mismo Jesús: « ¿No estáis en un error precisamente por esto, por no entender las Escrituras ni el poder de Dios? Pues cuando resuciten de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, sino que serán como ángeles en los cielos ».

Si Dios ha creado el mundo y al hombre, y todo lo que alcanzan a ver nuestros ojos son obras de Él, ¿qué problema va a tener Dios en hacer otras cosas que, nosotros, ni siquiera podemos imaginar? Igual razonamos sobre otras cosas, y es que nuestro principal pecado es querer saber como Dios y alcanzar comprenderle siendo, como somos, criaturas de Él.

En cuanto al problema de la Resurrección, ocurre un tanto lo mismo. Jesús se los deja muy claro a los saduceos cuando les dice: « ¿No habéis leído en el libro de Moisés, en lo de la zarza, cómo Dios le dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? No es un Dios de muertos, sino de vivos. Estáis en un gran error».  

Abrámonos a la Palabra de Dios, Palabra que se concreta en Jesús, el Hijo. Él es la Palabra hecha carne que nos revela el Amor, la Misericordia y Salvación del Padre para todos los hombres.

martes, 6 de junio de 2017

CONFUNDIR LA VERDAD CON LA MENTIRA

(Mc 12,13-17)
Muchos tratan, presentando la mentira disfrazada de verdad, confundir y desorientar. Buscan esconder la verdad y hacer ver la mentira como la mejor opción. Y, para ello, les vale todo. El fin les justifica los medios, y recaban todo lo que necesitan, aún mintiendo, para conseguir lo que les interesa y proponen.

Es el caso del Evangelio de hoy. En aquel tiempo, enviaron a Jesús algunos fariseos y herodianos, para cazarle en alguna palabra. Vienen y le dicen: «Maestro, sabemos que eres veraz y que no te importa por nadie, porque no miras la condición de las personas, sino que enseñas con franqueza el camino de Dios: ¿Es lícito pagar tributo al César o no? ¿Pagamos o dejamos de pagar?». 

Y lo mismo ocurre en este tiempo nuestro. Seguimos tratando de cazar al Señor y cogerlo en algún renuncio. Al no poder con Él, lo hacemos con sus seguidores, sacerdotes y otros. Estamos atentos a ver sus fallos para poner en evidencia su vida, su mensaje y sus obras. No olvidan lo fundamental, que todos somos pecadores menos el Señor. Y que, precisamente por eso, Jesús ha venido ha ofrecernos la Misericordia del Padre y liberarnos del pecado.

Jesús los desarmas en pocas palabras: Mas Él, dándose cuenta de su hipocresía, les dijo: «¿Por qué me tentáis? Traedme un denario, que lo vea». Se lo trajeron y les dice: «¿De quién es esta imagen y la inscripción?». Ellos le dijeron: «Del César». Jesús les dijo: «Lo del César, devolvédselo al César, y lo de Dios, a Dios».  Y se maravillaban de Él.

Y no es para menos. La sabiduría del Señor les sorprende y les paraliza. Pero, la respuesta nos interpela más allá de lo que nos sorprende. Porque, ¿qué le damos nosotros al Señor? ¿En qué y dónde gastamos nuestro tiempo, nuestro dinero, nuestras talentos...? Posiblemente, tendremos muchas cosas que responder y muchas cosas que dar. Sobre todo a Dios, porque en nuestro corazón está impresa su imagen.

lunes, 5 de junio de 2017

LA REACCIÓN ES DETENERLE

(Mc 12,1-12)
No debe extrañarnos que nuestra reacción hoy sea igual. No me refiero a nadie en particular, sí al mundo en general. Porque una gran mayoría del mundo le rechaza, aún admitiéndole. Porque, no el que dice: Señor, Señor... -Mt 7, 21- entrará en el Reino de los cielos.

Y es que está ocurriendo eso mismo. Y eso fue lo que entendieron aquellos judíos contemporáneos de Jesús, pues su reacción fue detenerle. Así lo describe el Evangelio: Trataban de detenerle —pero tuvieron miedo a la gente— porque habían comprendido que la parábola la había dicho por ellos. Y dejándole, se fueron. Lo cual no deja lugar a ninguna duda.

Hoy, más de lo mismo. Seguimos dando una respuesta negativa. No queremos oír ninguna insinuación ni mandato. Nos bastamos nosotros mismos para administrar nuestra viña. Nuestra viña que es nuestro espíritu, nuestra Iglesia y nuestro mundo. Ese lugar donde hemos sido plantado y en donde tenemos y debemos dar esos frutos que el Viñador nos ha puesto.

¿Qué clase de arrendatarios somos? ¿Respondemos a los deseos del Viñador que nos ha puesto al frente de su viña, o le negamos los frutos que Él espera? ¿Administramos la viña tal y como Él nos pide y quiere, o lo hacemos según nuestros planes, proyectos y apetencias? ¿O negamos toda clase de ayudas, de consejos, de invitaciones y auxilios para contribuir a cultivar y producir los frutos esperados por el Señor de la Viña? Incluso, respondemos de forma tan agresiva que estamos dispuesto hasta matarle. Y de hecho lo borramos de nuestro corazón matándole con nuestras criticas, murmuraciones y comentarios negativos.

Posiblemente, necesitamos reflexionar más y mejor, ayudados por un ambiente que nos sirva para vernos más profundamente y abrirnos a la acción del Espíritu Santo, que nos llama y nos abre su Gracia para alumbrarnos y darnos luz.

domingo, 4 de junio de 2017

LLEGA EL ESPÍRITU SANTO

(Jn 20,19-23)
Jesús lo había prometido y todo lo que dice se hace. Llega el Espíritu Santo y comienza la andadura de la Iglesia: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». 

Y hasta nuestros días. La Iglesia no ha parado y desde aquel día los apóstoles -Hch 2, 1-11- hasta ahora, escondidos y asustados, sintieron la Fuerza del Espíritu y se lanzarón al mundo a proclamar la Buena Noticia de salvación, que no es otra sino la que todo ser humana lleva grabada en su corazón: Gozo, paz y plenitud eterna.

También nosotros, por nuestro Bautismo, quedamos configurados, en el Espíritu Santo, en sacerdotes, profetas y reyes, y comprometidos a proclamar y dar testimonio de ese Buena Noticia de salvación. Y nos convierte en templos vivos y santuarios que nos regala sus dones, de sabiduría, entendimiento, ciencia, consejo, fortaleza. piedad y temor de Dios. Dones que nos son dados, según cada cual reciba, para ponerlos en función del bien y provecho de los demás en cuanto a conocer y vivir la Buena Noticia de salvación.

Porque eso es el Evangelio que proclamó nuestro Señor. No una ideología, ni filosofía, ni preceptos, ni mandatos, ni religión...etc. Sólo una Buena Noticia de salvacion, que se concreta y se realiza en el Amor. Un Amor concreto que descubrimos en Él. Tal y como el lo vivió y lo materializó. Un estilo de vida desde y para el Amor. Por eso, ese poder recibido de perdonar los pecados, para darnos una y setenta veces siete la oportunidad de levantarnos y seguir sus enseñanzas de la vivencia del amor.

sábado, 3 de junio de 2017

MIRANDO A JESÚS

(Jn 21,20-25)
En nuestro camino estamos tentados a fijarnos en los demás. Analizamos sus pasos y activamos nuestra actitud excluyente experimentando una cierta atracción a señalar y diferenciar. Pronto nos hacemos coparticipe y condueños del grupo o comunidad. O, también, de la parroquia. Nace en nosotros un cierto instinto irrazonable a fiscalizar las entradas, e incluso, las salidas del grupo. Nos sentimos importantes, y que cualquier cosa que se mueva dentro de él, pensamos, deben contar conmigo.

El pasaje del Evangelio de hoy nos habla de ese asunto concreto. Pedro se interesa por la presencia de Juan, y parece que le molesta, o, al menos, quiere saber qué hace ahí. Y su curiosidad y sentimiento de importante le lleva a preguntarle a Jesús. Incluso, refiriéndose a Juan, le llama "éste", olvidándose de que es una persona, y que, además, ha sido elegido por Jesús.

¿Nos recuerda esa actitud y comportamiento a alguien? ¿Nos identificamos con él? ¿Nos vemos retratado nosotros en Pedro? Porque en nuestros grupos ocurren esas cosas. Muchos protestamos porque ha venido uno nuevo y toma parte muy activa en los servicios de la comunidad. Otros porque nos resulta molesto soportar a otro, y así muchos enfrentamientos y separaciones.  ¿Son esas enseñanzas de Jesús?

No vemos tentados, y de hecho lo hacemos, a cerrar los grupos y, difícilmente dejamos entrar a otros. De hecho, lo vemos más claramente en los grupos de las redes. Y, no podemos negar que siempre se corre algún peligro, pero, ¿corrió Jesús peligros? ¿No vino a salvarnos a todos? ¿Y eso no incluye el riesgo de correr algún peligro? Es verdad también que tenemos que tener prudencia y saber defendernos y protegernos, pero, ¿no nos defiende y protege Jesús? ¿No nos ha dejado el Espíritu Santo, el Defensor, el Consejero...etc?

El hecho de servir a todos implica abertura y acogimiento, y eso incluye ser rechazado o engañado. Jesús lo fue y, hoy, le sigue pasando. Quizás, contigo o conmigo. Porque, ¿dónde te encuentras? ¿En qué situación está en tu éxodo personal? ¿Acaso estás todavía en Egipto? ¿O en el desierto? ¿Has superado las tentaciones o sigues protestándole? ¿Te has cansado de esperar y has fabricado tus propios ídolos? Y muchas más preguntas que podemos hacernos, tú y yo.

Tratemos de reflexionar mirando más a Jesús, y esforzándonos en actuar como Él mismo nos enseña y nos indica: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme».