viernes, 3 de junio de 2016

¿QUIÉN ES LA OVEJA PERDIDA?

(Lc 15,3-7)


Cuando leemos esta parábola siempre pensamos que no somos nosotros la oveja perdida. Al menos eso me pasa a mí, y, peor todavía, lo haces sin darte cuenta. Lees y piensas que la oveja perdida es otro. Y quizás te ocurra eso con otras parábolas. Es bueno para la reflexión descubrir que la oveja perdida eres tú; que el hijo pródigo eres tú; que el hermano mayor eres tú y que Zaqueo eres tú y cada uno de nosotros.

Porque cuando te pones en primera persona y sujeto de la parábola, las cosas puedes verla de otra manera. Referido a esta parábola de hoy, Jesús anda buscándote todos los días. Posiblemente, tú y yo no advirtamos los peligros que la vida nos depara y las omisiones de nuestros actos que nos pierden. Es posible que no estemos perdidos en un bosque, pero si confundidos en el amor. No amamos como el Señor nos ama a cada uno de nosotros.

Y nuestra pérdida es alejarnos de ese amor y encerrarnos en nosotros mismos. Nos adentramos en el bosque cuando, desligados de los otros, los utilizamos para satisfacer nuestros caprichos, nuestros intereses, nuestras apetencias y mirarnos nuestros ombligos. Somos la oveja perdida cuando individualizamos nuestra vida y nos separamos de los demás. Y es entonces cuando necesitamos ser encontrados por el Buen Pastor.

Por eso, la alegría es inmensa cuando volvemos al redil; cuando somos capaces de dejar de mirarnos y empezamos a mirar a los otros; cuando la comunidad gana unas manos más para amar a aquellos que siguen perdidos en el mar de la vida. Y es que experimentamos que la alegría se hace presente en todos, y todos la celebran. Hemos recuperado a una oveja pérdida y en el mundo brilla una estrella más, porque el amor mejora y construye el mundo.

Padre, perdona nuestra osadía y nuestros pecados, y ayúdanos a dejarnos encontrar por tu Amor. Porque sólo cuando te encontramos revivimos a la única y verdadera vida que, perdidos, estábamos buscando.

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