miércoles, 29 de enero de 2014

SÓLO HAY QUE MORIR

(Mc 4,1-20)

 Es simple, morir y dar frutos. Todo consiste en abrir el surco de nuestro corazón y plantar la semilla del amor para que, abonada con buena tierra, dé los frutos que se esperan de ella. Esa es toda la historia de nuestra vida, plantar la semilla amorosa y recoger frutos de amor.

Sin embargo, la experiencia nos dice que eso no es tan fácil y sí muy difícil, por no decir imposible. Imposible cuando pretendemos realizarlo por nosotros mismos. Se oye mucho: yo sigo al Señor a mi manera, a mi ritmo y según mis posibilidades. Y en cierta medida puede tener algo de verdad, pero cuando abierto a lo que nos sugiere e indica el Espíritu Santo vamos dando los pasos según su Voluntad.

Pero nunca a nuestro antojo o según nosotros planeamos o creemos. Porque nos equivocamos guiados por nuestros egoísmos. Es la tendencia que nos inclina y arrastra hacia mirar para nosotros mismos e impedir que renunciemos a nuestros intereses, placeres, apetencias y gustos. Necesitamos la Gracia del Padre para que podamos ser capaces de enfrentarnos a esa lucha interior con garantías de victoria.

Abona, Señor, el surco de mi corazón empedrado y conviértelo en una tierra dócil y fértil para que dé los frutos que Tú quieres y esperas.

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